Cuando el salario se olvida de la economía y cuando la economía se olvida del salario… – Opinión de Manuel Raad Berrío
Por Manuel Raad Berrío (Especial para Revista Zetta).- Cartagena de Indias, 31 de diciembre de 2025.- El salario mínimo en Colombia nunca ha sido un simple número. Es, a la vez, promesa social y decisión económica con efectos que se sienten en cada esquina o vereda. La apuesta por el crecimiento económico con “costos bajos” parece confrontarse con la importarte necesidad de crecer en productividad que corresponde a la capacidad de hacer de forma más eficiente las cosas, con lo cual con el mismo esfuerzo laboral se logra mayor ingreso y por tanto un mayor salario parece más que razonable, y resulta un imperativo de Justicia.
Pero más allá de lo dicho, a todos nos sorprendió el incremento decretado por el Gobierno Petro para 2026, del 23,7%, y mirarlo en retrospectiva ayuda a entender por qué es tan potente como riesgoso. Desde comienzos de los años noventa, el salario mínimo ha crecido de forma sostenida en términos nominales. En 1990 equivalía a poco más de 40 mil pesos (más o menos 1 millón de hoy); para 2025 alcanzó 1,42 millones y en 2026 supera 1,75 millones. El problema no está en el aumento en sí, sino en su relación con la productividad. Mientras el salario mínimo ha tenido incrementos constantes por encima del IPC, la productividad laboral del país, entendida como la cantidad de valor que se produce por cada trabajador o por cada hora trabajada, ha crecido lentamente, según las estimaciones del Banco de la República la productividad por trabajador en Colombia avanza alrededor de 0,5% a 1% anual en el largo plazo. Aquí es pertinente enfatizar que la productividad no puede entenderse como “Trabajar más” sino como “Trabajar más inteligentemente”, esto es, generando más valor.
Hasta este punto, sólo hemos visto el panorama de la empresa que se preocupa por cumplir la Ley, entiéndase el empleo formal, pero la economía colombiana convive, además, con una informalidad persistente. Según el DANE más del 56% de los ocupados trabaja por fuera del empleo formal y en ese contexto, cuando el salario mínimo sube muy por encima de la productividad, el ajuste no se da de manera homogénea. El trabajador formal que conserva su empleo mejora su ingreso de corto plazo, pero miles de pequeños negocios enfrentan costos que no pueden absorber. El resultado suele ser menos contratación formal, más informalidad o sustitución de horas y funciones.
La experiencia reciente ilustra bien este dilema. En 2023 y 2024, los incrementos del salario mínimo coincidieron con una desaceleración económica visible. El PIB creció apenas alrededor de 0,6% en 2023 y mostró una recuperación moderada en 2024, mientras sectores intensivos en mano de obra como comercio, construcción y restaurantes registraron caídas en empleo formal. Ahora, el incremento del 23,7% puede sonar a votos en vísperas de elecciones, pero eso no es relevante, la realidad del incremento implica que un trabajador que ganaba el mínimo costará a su empleador más de $500.000 pesos adicionales al mes, una cifra manejable para una gran empresa, pero crítica para una microempresa con tres o cuatro empleados. En la práctica, eso puede traducirse en decisiones sencillas de entender: un restaurante de barrio que decide no reemplazar a un mesero cuando renuncia, un taller que reduce jornadas o un comercio que vuelve a la informalidad pagando menos del mínimo o no pagando los recargos para “sobrevivir”. Así, muchos precios tienden a ajustarse al alza, erosionando el beneficio salarial.
Pero el debate no puede quedarse en una falsa dicotomía entre salarios altos y empleo. La verdadera variable ausente en la discusión es la productividad, reiteramos “hacer las cosas más inteligentemente” para lograr mayor ingreso con el mismo o menor esfuerzo, y aquí repensar procesos y la transformación tecnológica estratégica es la llave de la puerta. Un ejemplo simple: un comercio que antes atendía a cien clientes diarios puede, con herramientas básicas de comercio electrónico y mensajería, duplicar ventas sin duplicar personal. En ese escenario, pagar salarios más altos deja de ser una amenaza y se convierte en una consecuencia natural de producir más valor.
La automatización también suele malinterpretarse. No se trata de reemplazar personas indiscriminadamente, sino de liberar tiempo de tareas repetitivas. Dejar de pasar horas digitando facturas gracias a un sistema automático puede dedicar ese tiempo a tareas esenciales como ventas, servicio al cliente o control de calidad. El enfoque en labores esenciales debe aumentar la productividad del trabajador y dar lugar a un mejor salario. Lo mismo debe ocurrir con la capacitación digital permanente, flexible y personalizada para cada cargo, a mayor capacitación mejor desempeño y por ende, mayor productividad.
El incremento del salario mínimo de 2026 declara mejorar el ingreso de millones de hogares, y ese objetivo es legítimo. Pero la historia muestra que, sin un salto paralelo en productividad, el efecto puede ser parcial y hasta contraproducente. La buena noticia es que podemos cerrar esa brecha apoyados en las tecnologías si se usan con decisión y enfoque estratégico y aún sin decretos de salario mínimo un gran reto de país sigue siendo la productividad que se debe traducir necesariamente en bienestar de todos los miembros de la sociedad.
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