Sermón de las Siete Palabras

Primera Palabra

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”

(Lucas 23:34)

Era el mediodía del viernes. El sol se oscureció sobre el Gólgota. Entre el clamor de la multitud, el crujir de la madera y el silencio helado de quienes amaban a Jesús, brotó desde la Cruz la primera y más asombrosa de sus palabras. No fue un grito de dolor. No fue una maldición. Fue una oración:

Los jefes religiosos y las autoridades que condenaron a Jesús estaban ciegos. No supieron ver ni reconocer en aquel hijo del humilde carpintero y de María al Hijo de Dios, al Mesías prometido. No leyeron correctamente los muchos signos y señales que manifestaban su divinidad, como sí lo hicieron los sencillos y humildes que lo seguían y aclamaban. Los primeros, ofuscados por la soberbia y la ceguera del poder, no recibieron la Gracia necesaria para apreciar la manifestación de lo divino y acoger la buena nueva del Evangelio.

Y sin embargo, Jesús en la Cruz pide al Padre que los perdone: porque nunca supieron que ofendían a Dios y crucificaban a su Hijo Unigénito. Cristo sabe que todos los pecadores estamos ciegos a la Gracia cuando lo ofendemos. Por eso su perdón trasciende los tiempos y los pueblos, se extiende a toda la humanidad y se convierte en el camino que nos gana a todos la salvación y la gloria eterna.

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Este fenómeno de la soberbia y la sinrazón que nos arrastra al pecado se repite en el mundo y en la Colombia de hoy. Nación y patria marcada por décadas de conflictos y heridas profundas, como consecuencia de nuestra ceguera y nuestra negativa a dejarnos abrir los ojos por Jesús, tal como Él lo hizo con el ciego a quien ordenó lavarse en la piscina de Siloé. Pidamos al Señor que abra nuestros ojos a las nuevas realidades del mundo y de la Colombia de hoy, donde las ideologías extremas, la soberbia, la violencia, la corrupción y la codicia han dejado cicatrices profundas en millones de corazones.

Ante esa visión de la realidad, el perdón nos parece una tarea imposible:

Y sin embargo, Cristo nos enseña que SÍ ES POSIBLE PERDONAR. Él nos revela que el perdón:

  • NO es debilidad,  …………….  sino fortaleza espiritual puesta por obra.
  • NO es indulgencia ante el mal,  …………….  sino exigencia de reconocimiento y reparación.
  • NO es renuncia a la justicia,  …………….  sino —como enseñó Benedicto XVI— inteligencia de la víctima que rechaza la venganza.
  • NO es olvido,  …………….  sino liberación de los atavismos que encadenan el alma.
  • NO es justificar el mal,  …………….  sino romper su cadena perpetua.

Colombia podrá avanzar verdaderamente hacia la paz y la reconciliación cuando, sin renunciar a la justicia sino con su aplicación certera, seamos capaces de construir un futuro que no esté encadenado al odio, al resentimiento y a la venganza, sino afianzado en la fe, la esperanza y el amor.

Para ello hay que empezar por romper las cadenas de la polarización. La polarización divide deliberadamente a la sociedad colombiana, genera odio y violencia entre hermanos. Todas las estrategias que buscan dividirnos entre “buenos y malos”, entre “ricos y pobres”, entre “explotados y explotadores”, son propias de ideologías y tácticas de odio. La polarización es simplista: reduce la creatividad para resolver los problemas y empobrece el análisis de la realidad.

En esa tarea del maligno contribuyen algunas tecnologías digitales mal usadas, que causan adicción y control emocional. Simon Johnson, Premio Nobel de Economía 2024, advirtió recientemente que las redes sociales están contribuyendo a la polarización de la sociedad y que constituyen una herramienta de manipulación en manos de actores antidemocráticos.

Que las nuevas tecnologías no nos enajenen.! Que no seamos sus idiotas útiles.! Frente a ellas, que siempre nos guíen los criterios del Evangelio de Cristo, y hagamos de las redes sociales nuevos púlpitos desde donde se pregonen la fe, la esperanza y el amor, tal como lo hizo el primer santo millennial de la Iglesia: el adolescente San Carlo Acutis.

El perdón es el primer paso hacia la reconciliación nacional. No un perdón ingenuo del que se abuse, sino un perdón transformador: un perdón que exige la verdad, busca la reparación y construye garantías de no repetición.

Este es el llamado para dirigentes, víctimas, victimarios y para cada colombiano:

Abrid todos los espacios donde el perdón pueda florecer —como acto de justicia restaurativa y no como impunidad, como acto de esperanza y no como debilidad, como acto valeroso de amor cristiano que sana, inspira y transforma.

Hermanos: el perdón no es el final del camino. Es el comienzo. Es la respuesta de amor que Dios espera de toda alma que Él abraza. Y es, en definitiva, la única y verdadera revolución del corazón que Colombia necesita.

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